Los ultras ganaron la elección

El domingo pasado a la noche, con la publicación de los primeros datos oficiales del escrutinio provisorio, Alberto Fernández fue consagrado en las urnas como nuevo presidente de la Nación. Se terminó el ciclo de Mauricio Macri como primer mandatario argentino. La alegría de casi la mitad del país se pudo ver en las calles. Pero en realidad, sin importar qué tipo de emoción se mostrase, en el fondo sólo representa desahogo. El vitoreo del triunfo del  Frente de Todos sin duda alguna tiene el condimento principal de la catarsis, ese grito desenfrenado que fue guardado y reprimido desde 2015.

Una buena parte de este desahogo reside en la idea de futuro y reconstrucción que Alberto Fernández ha mostrado y expuesto a lo largo de toda la campaña. Llamando a la cordura y el entendimiento, ampliando la base electoral para aquellos no peronistas y no kirchneristas, su toque de “centro” llevo al peronismo a ese lugar necesario para unir a la gran parte del electorado cansado de ser vapuleado por la economía y por el destrato de una clase dirigente que se hizo cargo del poder, no olvidemos, por menos de 1% en las elecciones presidenciales anteriores. La gente dijo basta: no soportó más la tomada de pelo de una banda de personas que nunca tomó una medida popular.

De antemano, avisorando casi el triunfo en base a los números de las PASO, con la victoria del Frente de Todos se preveía, para su gobierno, una ardua tarea de reconstrucción. El daño social, económico e institucional ocasionado tendrá como contrapartida varios años para salir de la crisis y estabilizar la situación de todos los sectores que conforman la sociedad en la que vivimos. E pocas palabras, nadie dijo que ganar iba a ser fácil y menos lo será aquellos que venga a partir del 10 de diciembre.

A menos de 48 horas de las elecciones, y con los ánimos y la cabeza un poco más fríos, algunas cosas van decantando. Ahora empezarán las especulaciones sobre quiénes integrarán el gabinete del futuro gobierno. Luego, y más urgente, las medidas que surgirán de la transición entre una gestión y la otra. Allí Cristina Fernández marcó la cancha al decir que cualquier cosa que suceda en estos días hasta el 9/12 es pura y única responsabilidad de Mauricio Macri y  Cambiemos. De esta forma en público y ante millones que observaban, CFK se cubre y carga cualquier tipo de responsabilidad (especialmente la política) por los desastres que aún pudiesen ocurrir hasta fin de año con las decisiones que se tomen. Un acto político ingenioso claramente pero que a la vez reviste de obviedad algo que este Gobierno nunca asumió: su condición de, justamente, gobierno en el poder responsable de conducir los destinos del país.

Ahora con los números que aproximadamente quedarán como finales (aún hay que esperar el escrutinio final) se puede inferir como medio vaso lleno el hartazgo popular y la victoria del Frente de Todos, como un cambio rotundo en la política nacional. Por el otro, no menos importante, la consolidación ya no de un electorado sino de parte de la población como ultraderecha. Con esta elección quedó demostrado cómo este gran espacio ideológico, que encuentra su institucionalización como partido en Juntos por el Cambio, ha crecido paulatinamente desde el año 1989 a nuestros días. En la última década su tamaño se amplió notablemente a tal punto de consolidarse como gran espacio social, compartiendo muchas creencias, costumbres y formas de prácticas en la vida cotidiana.

Este 40% que votó a Mauricio Macri a nivel nacional muestra que las hipótesis del voto “anti K” y del voto gorila-antiperonista sirvieron sólo para explicar momentos. Hoy esto encuentra a la clase media como eje sociológico de la composición de espacio de oposición al futuro gobierno de Alberto Fernández. Una clase media que ha sido castigada en estos cuatro años y que, de todas formas, redobla la apuesta apoyando un modelo de gestión que le quita el pan a gran parte de los habitantes de la Argentina pero que le da en demasía retribuciones a los sectores más concentrados de la sociedad. Asimismo habla también de la carencia de lazos solidarios y de igualdad: parece que molesta que al otro, si es de bajos recursos económicos o de un barrio humilde, le vaya bien y pueda insertarse como cualquiera con salud y educación gratis.

Con estas líneas, para finalizar, se pretende marcar por un lado la motivación que genera un cambio de gobierno luego de cuatro años muy duros y críticos, donde nada puede sacarse como positivo en la conclusión. Pero por otro, tener en cuenta la dura tarea para ese nuevo gobierno y para la población. Compartir los espacios, la realidad, con personas que avalan la peor gestión económica, social, institucional y cultural de la historia de Argentina, no será sencillo. No se advierte que habrá una guerra civil, pero sí que los cruces, los conflictos tendrán ribetes de dureza y paranoia, intentando generar una constante sensación de desorden y disconformidad y rechazo para cualquier cosa que se haga.

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